200 Noches en vela

“Dijo el mundo: ¡Y tú me vienes ahora, Adán, ahora que yo he perdido mi lozanía y mi juventud!” Hadiz   En uno de sus libros, Paul Auster cuenta la historia de un muchacho normal al que un día un hombre extraño –un maestro- le dice que ha visto cualidades en él y que, si confía, le hará volar, pero volar de verdad. El muchacho, sin nada que perder, se pone en las manos del maestro y este va sacando lo mejor del chico, y haciéndolo levitar cada vez un poco más, hasta que un día se eleva definitivamente por los aires. Recorren así los teatros de los Estados Unidos de América; todo el mundo quiere ver al chico volador. Pero un mal día el muchacho no consigue despegar. El maestro le dice que vaya a visitar al médico. La revisión indica que está sano como una manzana. Entonces salen del hospital y el maestro se cala su sombrero y tiende la mano al chico: -Bien, ha sido un placer, aquí se acabó nuestra aventura. -¡Pero si estoy bien! –responde el chico alarmado- dice el médico que no me pasa nada. -Por eso mismo nuestra aventura se ha acabado –ahora,

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Días de cuentos

Vivo días de actividad febril. A los viajes y los bolos y los cursos intensivos se une la preparación del nuevo taller regular sobre técnicas de expresión narrativa, que he enfocado en la técnica creativa de los surrealistas. Y es maravilloso cuando andas buscándole la vuelta a una cosa y te sorprendes diciéndote: «¡Anda! Si esta que es -por decirlo así- la técnica/marca personal de tal poeta del 20 es justo, justo, justo lo que hacen Los Planetas! ¡Voy a probarlo!». No sé si acabaremos el curso en Dylan o en el indie de los 90, pero me encanta la sensación de incertidumbre y de búsqueda-hallazgo. El asombro es un manar inagotable de alegrías.

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¿Qué harías tú en un ataque nuclear de Kim Jong-Un?

Cuando la humanidad ha sido consciente de que había serias posibilidades de que nos fuéramos todos al carajo, no nos ha dado por llorar ni lamentarnos, sino por hacer febrilmente el amor y contar historias, como se sabe tanto por la Florencia negra del XIV y sus tres chicos y siete chicas reunidos en el atrio de Santa María Novella, como por las playas cubanas que, según cuentan todos los que lo vivieron, se colmaron de ardores venéreos en el otoño del 1962, cuando la última crisis de los misiles. Crear, recrear y procrear, eso hacemos los malvados humanos mientras esperamos el Apocalipsis. De la parte amorosa me voy a inhibir, pero del arte de desvelar historias puedo prepararte para lo peor durante los fines de semana del 16-17 o del 23-24, aprendiendo algunos recursos útiles que conviene tener a mano, aquí (o pulsando en la imagen): O si eres de los que prefieren sentarse como un rey o una reina mientras otros tomamos la iniciativa, vente a escuchar y a llenarte el alma de maravillas. Déjame un momento tu dedo……… aquí: -Las mil y una noches, contadas una por una -Catálogo de soluciones para librarse de hombres inadecuados Además de estas fechas,

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Las prisas, las prisas…

He leído hoy una entrevista estupenda de Lorena G. Maldonado a una escritora a quien admiro mucho, Valerie Tasso. Me encanta su sensibilidad y su «mano» para unir en la proporción exacta la narración directa, la sensación sutil y la reflexión inteligente. En cuanto he visto la entrevista en twitter, me he lanzado a ella como un gorrión a un pedazo de pan, y como siempre, mientras la leía la cabeza daba vueltas. Lo bueno de leer es que uno puede parar, digerir y luego seguir leyendo, pero hoy, lanzado como estaba, me lancé también a escribir sobre el asunto de las prisas que nos invaden, que cita Valerie. Y esto escribí. Normalmente no posteo mis reflexiones mañaneras, pero hoy, como digo, parece ser que estoy lanzado. Ahí va. Y yo voy a seguir leyendo la entrevista, que aún no la he terminado.

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El arte y el abrazo

La vejez consiste en dejar de escuchar. Lo natural de la experiencia es revertir las cosas a meros conceptos, y el arte rejuvenece porque en una lucha desesperanzada consigue que por un momento veamos las cosas tal y como son. Lorca, que siempre tuvo problemas para caminar, cuenta que de pequeño para conseguir que los otros niños lo consideraran, desarrolló su capacidad para inventar y contar cuentos: «ellos corrían, y yo no podía correr con ellos, así que necesitaba que se detuvieran todo lo posible, que me vieran». También Valle descosía su soledad tejiendo historias en los ateneos madrileños sobre cómo perdió la mano izquierda, y luego ya viejito en Santiago, contaba a los jóvenes sobre los siete fantasmas compostelanos, entre los que nunca se incluía a sí mismo.

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Contar y contar

Si hay algo que ha fascinado a la humanidad durante milenios ha sido el significado mágico de los números. Las antiguas culturas de Ur, de Sumer, el nacimiento de la humanidad se apoyaba en una adoración a las matemáticas, a números como el 72, o al 432.000, que luego se traducían en las historias. Y el cuento viajaba literalmente cifrado, alcanzando las transparentes latitudes escandinavas, donde Odín el tuerto en la Guerra del lobo era acompañado por tantos contingentes de 800 guerreros como para atravesar, cada uno, 540 puertas. La adoración de los números tiene su sentido en que la matemática es tan fría e implacable como la vida misma, y en el principio de los tiempos, viendo que todo se mostraba indiferente al ser humano, tenía todo el sentido que Dios fuera una ecuación. Luego llegarían las revoluciones, pero ahí quedó la Cábala, la serie de Fibonacci -que inventa las conchas y los movimientos de los gatos-… Y el poder de contar hacia delante y hacia atrás. Un amigo mío, artista muy querido y admirado, me confesó un día que siendo adolescente encontró en una librería de viejo un manual para visitar las vidas pasadas de cada cual. El libro era breve, y

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Caídos del cielo

-¿De dónde sacáis los cuentos los narradores? Al principio es difícil encontrar historias. Yo creo que se esconden de uno para que no las contemos cuando no tenemos la experiencia y las tablas necesarias. Los cuentos, sabios, se quitan de nuestro camino, se disfrazan bigotudos, se colocan de perfil en la página, y así el cuentero inicial se puede pasar años buscándolos sin hallarlos. Pero si persevera y cuenta, se hace, y poco a poco los mismos cuentos salen a su encuentro, se le entregan, y en cualquier lugar parece encontrar una historia que compartir. Este es solamente uno de los aspectos fascinantes de ser narrador, que es un cuento en sí mismo, y más hoy en día. Uno aparece como las brujas, de calle, entre todos los demás, tan disimulado que hasta se hace difícil reconocerlo, confundido con el auditorio. Y de repente te subes a escena y abres la boca, los brazos, y de la nada surge el mundo entero, de lo que traes en el magín, del barro metafísico que mezclas con la complicidad, la memoria y la recién despertada capacidad de juego del auditorio. Y las bocas, los ojos y las almas se abren y se

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Dopplegänger

Ahora es con otros, pero entonces soñaba siempre contigo. Y aún dormida me sentía alzar de puntillas para besarte. ————————————————————— (cuento que escribí para el hermosísimo proyecto atrapalabras de Légolas colectivo escénico. La ilustración es de Anna Font)

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Celebración de la narradora

Hace unos años me contrataron en un biblioteca para un proyecto de formación de usuarios. Venían niños de coles, yo les contaba cuentos y entre medias les explicaba algunos asuntos básicos del funcionamiento de la biblioteca, Acto seguido se abría el turno de preguntas. Recuerdo a una niña con su brazo levantado: -¿También hay chicas contando cuentos? -Sí. Muchas. Y otra niña: -¿Y son guapas? Las historias orales siempre han tenido una relación especial con la mujer. Mientras los hombres escribían con tinta de plomo, la mujer contaba ligera y aparentemente olvidaba después, para volver a recrear más adelante, como quien lanza un mensaje clandestino que se autodestruirá tras ser recibido, para no dejar rastro de su insurgencia bajo la ficción social de que solo el hombre existe. Y así, crípticamente, el libro de «Las mil noches y una noche» es en el original «Alf layla ua laya», donde «layla» es noche en árabe y también en hebreo, y el hebro «layla» o «layil» deriva de Lilith, la mujer primera, insumisa e independiente, y todo este razonamiento se desliza como un guiño que la fenomenal Sheherezade hace a sus congéneres por debajo del manto del finalmente escriba masculino que redactó

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Cumpleaños cuentero

Hay muchos cuentos en lo tradicional donde dos (o más) mujeres hablan de sus amantes. En una fabliaux medieval tres mujeres encuentran un anillo y proponen una competición para ganarlo: aquella que cuente la mejor manera de engañar a su chico se lo quedará. En Las mil y una noches, las dos esposas de un hombre viejo hablan de los amantes que se han echado, una un chico joven y la otra un hombretón “con barba”, y comparan sus prestaciones para con ellas. Esta tradición se reinventa en nuestros chistes actuales. En este caso tres personas de diferentes oficios (un artista, un funcionario y un científico) discuten sobre si es mejor convivir con una amante o una esposa: -Evidentemente una amante –afirma con convicción el artista-, una relación huracanada, donde no sabes qué pasará cada día. Un amor finito en su infinitud, intenso y que reviva cada vez, como el fénix, de sus cenizas. -No sabes lo que dices –replica el funcionario-. Lo ideal es un matrimonio: una mujer que sabes que siempre estará ahí, con la que sentir seguridad y dar seguridad, hacer juntos planes a largo plazo, una vida deslizada… -Bah, pamplinas, no tenéis ni idea –dice de

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